El 80 % de las noticias sobre migración no da voz a ninguna persona migrante. Un informe elaborado para porCausa desde Harvard escucha a 16 jóvenes marroquíes que llegaron solos a España: cómo les afecta el estigma y qué historias quieren que se cuenten.
«Sólo con escucharme es que eres marroquí, eres ladrón, mal educado». Así resume uno de los jóvenes entrevistados cómo le mira buena parte de la sociedad española. Lo dijo sin que nadie le preguntara, charlando de fútbol antes de empezar la entrevista. Su testimonio forma parte de Comprender y reimaginar las narrativas de la juventud migrante en España, el informe que Rachel Pak elaboró para la Fundación porCausa en el marco de su Máster en Políticas Públicas en la Universidad de Harvard.
Un relato sin sus protagonistas
La imagen de los jóvenes migrantes que llegaron solos a España está cargada de prejuicios. Medios de comunicación y partidos de extrema derecha los presentan de forma sistemática como una amenaza. Según una encuesta de Maldita.es y Oxfam Intermón, el 82 % de las personas encuestadas ha oído que estos jóvenes tienden a ser violentos, y cerca de un tercio (el 32 %) lo cree. Sin embargo, en un análisis de 22 medios españoles, el 80 % de los artículos sobre migración no recogía la voz de ninguna persona migrante.
Para llenar ese vacío, la autora entrevistó en profundidad a 16 jóvenes marroquíes de entre 18 y 24 años que emigraron solos y viven en Madrid. No es una elección casual. Marruecos fue el origen del 42 % de los 12.417 menores no acompañados que llegaron a España en 2020, y el 93 % de ellos eran chicos.
Los entrevistados llevaban en Madrid entre un año y cuatro meses y siete años. Trece tenían papeles y tres no; diez trabajaban y seis estaban en paro. Cada uno podía cobrar 10 euros por la entrevista, pero siete los rechazaron: querían que su historia se conociera.
Se habla mucho de ellos. Casi nunca con ellos
Las noticias
de los artículos sobre migración en 22 medios españoles no cita como fuente a ninguna persona migrante.
De cada 10 noticias, solo 2 dejan hablar a quien migra.
El bulo que cala
Personas encuestadas que han oído que los jóvenes migrantes no acompañados tienden a ser violentos
Personas que se lo creen
Encuesta de Maldita.es y Oxfam Intermón.
Quién llega solo
En 2020 llegaron a España 12.417 menores sin sus familias.
venían de Marruecos.
eran chicos.
Las 16 voces del informe
Jóvenes marroquíes de 18 a 24 años que llegaron solos y viven en Madrid. Llevan aquí entre un año y cuatro meses y siete años.
Fuente: Rachel Pak, «Comprender y reimaginar las narrativas de la juventud migrante en España» (2023), para la Fundación porCausa.porCausa
«Malos» y «todos iguales»
Los jóvenes identifican dos narrativas dominantes sobre ellos: que son «malos» y que todos son iguales. Delincuente, terrorista, inferior y culpable son las palabras que más repiten al describir cómo se les percibe. Basta con que uno cometa un delito para que la sospecha recaiga sobre todo el colectivo. El propio término «MENA», nacido como una categoría administrativa neutra, se ha convertido en un estigma. Tanto que cinco de los dieciséis ni siquiera conocían la palabra, pero sí lo que se dice de ellos. «No somos MENAs, somos niños», reivindica uno de ellos.
Esa mirada les persigue en casi todos los ámbitos de su vida:
- En la calle, con identificaciones y registros policiales frecuentes.
- En el metro y el autobús, donde 15 de los 16 entrevistados relatan episodios racistas: gente que se aparta o agarra el bolso cuando les oye hablar árabe.
- En las tiendas, como el grupo al que los vigilantes impidieron entrar en un Primark de Gran Vía.
- En el trabajo, en el colegio y en las redes sociales, donde los insultos se dispararon durante el Mundial de fútbol.
De la calle a la pantalla del móvil
Elige un lugar
Identificaciones y registros policiales frecuentes. La mayoría los menciona: les hacen sentirse tratados como delincuentes.
¿Has estado detenido antes? ¿Has robado antes?
cuentan episodios racistas en el transporte público: gente que se aparta, que agarra el bolso o que se les queda mirando.
En un Primark de Gran Vía, los vigilantes no les dejaron entrar a él y a dos amigos marroquíes.
No, no, que nos vais a robar
Compañeros que vigilan sus herramientas el primer día de trabajo. Insultos en clase.
Me empiezan a llamar «moro, jamón»
Instagram, Twitter, Facebook. Los insultos se dispararon durante el partido España-Marruecos del Mundial.
Las redes sociales son más fuertes que yo
La etiqueta
No somos MENAs, somos niños
«MENA» nació como término administrativo neutro: menor extranjero no acompañado. Hoy funciona como insulto.
El estigma llega antes que la palabra
de los 16 entrevistados no conocían el término «MENA».
Aun así, los cinco sabían exactamente qué se dice de ellos: delincuentes, «malos», todos iguales.
Las palabras que más repiten: delincuente, terrorista, inferior, culpable.
Fuente: Rachel Pak, «Comprender y reimaginar las narrativas de la juventud migrante en España» (2023), para la Fundación porCausa.porCausa
Cómo sobreviven al estigma
Para esquivar el racismo cotidiano, los jóvenes recurren a distintas estrategias. Algunos ocultan su origen: cambian su forma de vestir, evitan hablar árabe en público o dejan de salir con otros jóvenes marroquíes. Otros se resignan y aseguran que ya se han «acostumbrado». Muchos se centran en sí mismos y trabajan más que nadie para demostrar que no son lo que se dice de ellos. Aun así, casi todos se niegan a generalizar sobre la población española: «Hay gente a la que le gusta ayudarnos», recuerda uno.
Lo que piden
Frente a la identidad que se les impone, los jóvenes se describen como personas honestas, trabajadoras y buenas. Reclaman un cambio de mentalidad que les permita algo tan básico como tomar un café o subir al metro sin ser vistos como sospechosos. Piden también apoyos concretos: acceso a permisos de trabajo, información sobre sus derechos y asesoría jurídica. Muchos de esos obstáculos se arrastran desde la salida del sistema de protección al cumplir 18 años.
Y quieren otro tipo de historias: la del joven que se gradúa, el que monta su empresa o el que ayuda a otros. Historias reales y diversas, que muestren que son «buenos y malos, como todo el mundo». Muchos, sin embargo, dudan de que el cambio sea posible.
Lo que hacen para aguantar. Lo que piden para dejar de hacerlo
Tres estrategias
- 1Esconder el origen
Cambian la ropa, no hablan árabe en público, evitan a otros jóvenes marroquíes.
- 2Acostumbrarse
Se insensibilizan: «Ya no me afecta mucho».
- 3Trabajar más que nadie
Para demostrar que no son lo que se dice de ellos.
Cómo se ven ellos
Honestos. Trabajadores. Buenos.
Y, casi todos, se niegan a generalizar sobre la población española: «Hay gente a la que le gusta ayudarnos».
Lo que piden
- Poder tomar un café o subir al metro sin ser sospechosos
- Acceso a permisos de trabajo
- Información sobre sus derechos
- Asesoría jurídica
- Historias reales: el que se gradúa, el que monta su empresa, el que ayuda a otros
- Conocerse en persona: contar su vida a compañeros españoles
«Somos buenos y malos, como todo el mundo».
Fuente: Rachel Pak, «Comprender y reimaginar las narrativas de la juventud migrante en España» (2023), para la Fundación porCausa.porCausa
Recuperar el poder de contar su propia historia
El informe concluye que cambiar las narrativas exige cambiar quién tiene el poder de contarlas. Ya hay quien lo intenta: uno de los entrevistados cofundó Ex-MENAs, una organización que se apropia del término que los criminaliza para darle la vuelta. Es la misma lógica de las nuevas narrativas para reemplazar el discurso del odio: no basta con desmontar el relato del miedo, hay que sustituirlo por otro.
Por eso el informe propone a porCausa cuatro líneas de trabajo:
- Una campaña en medios basada en los testimonios de los jóvenes.
- Formarles para que cuenten sus propias historias en blogs y podcasts, inspirándose en programas como Radio Rookies, de la radio pública de Nueva York.
- Reunir a organizaciones lideradas por jóvenes migrantes para diseñar campañas conjuntas.
- A largo plazo, ampliar el estudio a jóvenes de África subsahariana.
Frente a la política del miedo, se trata de construir lo contrario: un relato de comunidad contado por sus protagonistas.




