Leer la Tribuna original en InfoLibre: El dilema imposible de los menores migrantes en Ceuta
Las cifras de menores no acompañados que cruzaron a Ceuta durante la marcha civil son confusas: el Gobierno estima unos 1.200, pero el director de UNICEF España, José María Vera, apunta a que la cifra real es «considerablemente mayor». Sea cual sea, es una llegada masiva de población vulnerable —muchos muy pequeños y, algo inhabitual, bastantes niñas— sobre una ciudad de 83.000 habitantes en un espacio mínimo. Proteger a ese colectivo de abusos y maltratos en esas condiciones es un esfuerzo imposible, que es precisamente lo que buscaban quienes instigaron la marcha.
Los menores norteafricanos y subsaharianos son el colectivo migrante más despreciado del país. Se les exige una docilidad y una excelencia difíciles de encontrar en cualquier adolescente, pese a que sus datos de adaptación e inserción laboral son excepcionales y, en términos económicos, son la población migrante más rentable que existe. Su pecado es doble: son jóvenes y de origen musulmán. Ocupan hoy el lugar que en los ochenta tenían los chavales de las barriadas, ese escalón inferior que parece necesario para expiar todos los males.
De ahí un dilema aparentemente imposible: priorizar el interés del menor, como obliga la ley y la ética democrática, o responder a lo que ha sido un ataque a la soberanía nacional. Mantenerlos en Ceuta hasta su traslado somete a la ciudad a una presión insoportable, agravada porque las comunidades gobernadas por la derecha y la ultraderecha —12 de 17— no van a solidarizarse ni con la infancia migrante ni con el propio Gobierno ceutí. Y el relato migratorio está tan envenenado que incluso votantes de Sumar, Podemos o los nacionalismos de izquierda prefieren en su fuero interno la devolución, sin importar que estos chavales cruzaran por voluntad propia, dispuestos a soportar los centros de menores antes que quedarse en Marruecos, y que algunos huyan de redes de trata o de maltrato familiar.
El artículo señala la trampa de fondo: hemos aceptado las reglas de Marruecos, según las cuales acoger es debilidad y devolver es fuerza. Pero ningún país poderoso construye influencia expulsando a quien acude a él, sino formando y acogiendo —el ejemplo son los programas estadounidenses de intercambio para menores, que llevan décadas vendiendo su modo de vida—. Devolver a estos chavales no es plantar cara a Marruecos: es hacer exactamente lo que Marruecos esperaba.
La comparación es con la Europa de los años treinta: el discurso antiderechos usa los recursos democráticos para, mediante propaganda y miedo, torsionar el sistema hasta romperlo. La marcha sobre Ceuta es un ataque geopolítico orquestado y disfrazado de crisis migratoria. La batalla real no es si devolvemos o no, sino si defendemos nuestra soberanía o nos dejamos ganar. Por eso, sostiene el texto, Pedro Sánchez debería proteger a todos los menores que están en Ceuta: es la forma de proteger también la democracia y los valores que han hecho crecer al país.





