Regreso de Bilbao, donde tuve oportunidad de participar en las charlas sobre desigualdad que organizaban los amigos de Mundo Cero Talks con la Fundación BBK. La experiencia fue inspiradora y la compartiremos en cuanto esté disponible. Lo que no imaginaba es que esos días iban a ofrecer una pequeño tour de force emocional sobre las migraciones mucho más completo y fascinante de lo que esperaba. Las razones fueron tres: un cómic, una película y una exposición.
El cómic. Mis queridos Josu Beaskoetxea y Aitor Arbaiza –impulsores de la fabulosa iniciativa de acogida Ametsgoien– me regalan una novela gráfica que devoro esa misma noche. Se trata de El invasor (Alex Orbe y José Antonio Pérez Ledo, Ed. Astiberri), una historia pequeña y deliciosa en la que Omar, un chaval migrante extutelado, hace amistad durante la crisis de la covid19 con Carol, una joven vasca. Sus relatos de soledad, comprensión mutua y cariño se entrelazan de un modo conmovedor hasta difuminar por completo el origen de cada uno. Todos procedemos de alguna parte, vienen a decir… y qué poco importa eso en lo que cuenta de verdad.
La película. La edición de las Mundo Cero Talks de este año fue la ocasión para el preestreno de Andy, dirigida por Román Parrado y producida por Ibón Cormenzana, padrino de las charlas. El largometraje cuenta el trayecto migratorio de dos niños a lo largo de la ruta que une Centroamérica con el Sur de los Estados Unidos. A pesar de que la película está rodada en la etapa previa a la cacería humana desplegada por la segunda Administración Trump, el relato es tan crudo, salvaje y profundamente humano como el camino que retrata.
Les confieso que soy poco amigo de las historias trágicas de migrantes. No le quito un ápice de importancia al sufrimiento y la muerte que rodean al fenómeno del desplazamiento humano, pero creo que hemos reducido las migraciones a un espectáculo y no estoy seguro de que el resultado sea en beneficio de quienes cargan el peso de nuestras fronteras. Esta película, sin embargo, tiene algo especial. Durante días, la historia de Andy y su compañero se incrusta en mis pensamientos de un modo que es, al mismo tiempo, admiración y desasosiego. La rutina de sus horrores, –que es la de cientos de miles de niños y niñas para los que su condición de extranjeros pesa más que cualquier otra cosa– no permite enterrar la dignidad y la valentía con la que enfrentan su futuro. Y el espectador reconoce en ellos a seres humanos, no a simples víctimas. Creo que ese es el principal valor de la película.
Andy se estrenará en las salas españolas el próximo 10 de julio. No se la pierdan.
Una exposición: La tercera experiencia inesperada de mis días en Bilbao fue sin duda la más original y vino de la mano del maravilloso equipo de migraciones del Ayuntamiento de la ciudad. Invitados por ellos, varios de los ponentes de Mundo Cero Talks acudimos al plató 5 de EITB, que acoge desde marzo (y solo hasta el 20 de junio) la instalación Carne y Arena, del cineasta mexicano Alejandro González Iñarritu.
No se esperen una exposición al uso. Lo que allí se nos ofreció es una experiencia inmersiva diferente a cualquier otra que yo haya podido ver sobre este asunto. De manera serena, sin sorpresas ni sustos, pero sin amortiguar la realidad, los creadores de Carne y Arena ofrecen una vivencia sensorial que te coloca –literalmente, y en un contexto que podría ser el de cualquier frontera caliente de nuestro tiempo– entre los protagonistas de las rutas migratorias contemporáneas. Aunque no es fácil (ni debo) describir los mecanismos concretos de los que se vale esta experiencia, sí puedo decirles lo que dije a sus organizadores cuando salí de ella: si el debate migratorio se dirime en un territorio mucho más emocional que racional, esta es una apuesta ganadora. Por unos minutos tenemos la oportunidad de ponernos en los zapatos de quienes migran y acercarnos a su vivencia. Lo cuenta de maravilla la periodista Eileen Truax en esta pieza para la Revista 5W.
Dos días, tres oportunidades de empaparme emocionalmente de un mensaje poderoso sobre la inmoralidad y la inutilidad de este régimen migratorio en el que vivimos atrapados. Tuve suerte. Porque, no se equivoquen, las fronteras detienen a los de fuera, pero encierran a los de dentro.
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