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Masacre de Melilla: cuatro años de impunidad

Se cumplen cuatro años de la muerte y desaparición de más de 100 personas en la frontera entre España y Marruecos

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Coordinador del área de periodismo de investigación de la Fundación porCausa

El 24 de junio de 2022 tuvo lugar el episodio más mortífero en la frontera que separa la ciudad española de Melilla de Nador, su vecina marroquí. Aquel día más de 100 personas murieron o desaparecieron sin dejar rastro. La mayoría quedaron asfixiadas en la montaña de cadáveres que se formó en torno a un portón de acero dentro del paso fronterizo del Barrio Chino, un espacio que, según el Catastro y el Instituto Geográfico, pertenece íntegramente a España. Otras fallecieron tras ser apaleadas y obligadas a permanecer horas y horas bajo el sol, sin recibir atención médica, en el lado marroquí. También hubo muertos en los autobuses que fletaron las autoridades marroquíes para llevar a puntos lejanos de Marruecos a las víctimas, la mayoría jóvenes que huían de la guerra en Sudán.

Han pasado cuatro años pero ninguna autoridad ha dado explicaciones ante un tribunal para rendir cuentas. Una investigación periodística coordinada por Lighthouse Reports, con la participación de porCausa, demostró que como mínimo un joven falleció en el lado de la frontera que, según el ministro Grande-Marlaska, sí pertenece a España. Tenía 27 años y sus amigos y familiares le llamaban Anwar. Huía de la guerra en Sudán, como la mayoría de víctimas de aquella matanza. Otros tuvieron más suerte aquel día y lograron quedarse. Houssine vive y trabaja feliz en Sevilla; Alhafiz está en Reino Unido, donde hace poco publicó un libro que narra su experiencia aquel fatídico día…

Quienes participamos en esa investigación internacional tuvimos un debate interno antes de publicar: ¿Era más apropiado hablar de ‘tragedia’ o de ‘masacre’? Nos decantamos por la segunda opción. A diferencia de una tragedia, una masacre sí tiene responsables directos. No es un acto fortuito ni un capricho del destino.

La Fiscalía General del Estado amparó la versión del Gobierno una vez más y concluyó que no había ninguna responsabilidad que dirimir en torno a aquella masacre. La Fiscalía marroquí hizo lo mismo. Una “operación bien resuelta”, dijo Pedro Sánchez –a posteriori el presidente matizó sus palabras–. Ese día los fotoperiodistas Javier Bernardo y Javier García Angosto documentaron incluso la entrada de decenas agentes marroquíes en suelo melillense para llevarse los más de 400 cuerpos de hombres africanos destruidos, inertes, ensangrentados, inconscientes. En esa frontera no hay leyes porque allí la única ley allí es la frontera:  si a este lado de esta línea imaginaria que separa España y Europa de Marruecos las normas son ignoradas, violadas, interpretadas ; al otro lado rige una dictadura, donde justicia y poder son la misma cosa.

Recuerdo que las autoridades españolas, especialmente el Ministerio del Interior, presionaron hasta la extenuación a varios de los periodistas que trabajamos en aquella investigación. Querían evitar a toda costa que la opinión pública conociera lo sucedido. Aquella publicación también puso en evidencia al ministro Grande-Marlaska, que mintió en dos ocasiones ante el Congreso de los Diputados y fue reprobado por ello. Numerosos políticos de izquierda, incluido Pablo Iglesias, evitaron reprobar al ministro.

Ninguna familia ha recibido el pésame de los gobernantes españoles o marroquíes, cuyas fuerzas de seguridad hicieron un uso excesivo de la violencia que está detrás de las muertes que se produjeron ese día. Cuando desaparece un ser querido, los familiares viven eso que los psicólogos llaman «una pérdida ambigua». La incertidumbre sobre si está viva esa persona querida –un hijo, un hermano, un amigo– deja en suspenso el duelo. Es una herida de por vida. A ambos lados de la frontera es habitual escuchar discursos que vanaglorian los derechos humanos o la dignidad de las personas, pero los hechos –estos y muchos otros– denotan toneladas de cinismo.

Visto en perspectiva, la masacre de Melilla fue un movimiento arriesgado del régimen de Marruecos para mostrar a España su capacidad como guardián de la frontera. Salió mal. Los agentes marroquíes perdieron el control de una situación que creían dominable. Salió mal, pero no pasó nada. Apenas un año antes, el 17 de mayo de 2021, Marruecos quiso expresar su enfado con España e hizo justo lo contrario: abrir de par en par la frontera de Ceuta. Todo esto está documentado en varios informes del CNI, el servicio de inteligencia español, cuyo contenido publicamos en El País, La Marea y El Confidencial. Esta estrategia se llama “instrumentalización de los flujos migratorios”. Es consecuencia de un fenómeno más amplio llamado “externalización de fronteras”, que pone en manos de terceros una política tan sensible para los derechos fundamentales como la migratoria.

Aquel 24 de junio sucedieron muchas más cosas. En porCausa hablamos con las víctimas y también con varios agentes de la Guardia Civil que intervinieron aquel día. Actuaron sin protocolos y, a posteriori, el Ministerio del Interior derivó hacia ellos cualquier posible responsabilidad. El ministro Grande-Marlaska sigue sin dotar de protocolos a sus agentes en esa frontera, pero no escatima en repartir millones y millones del erario público para convertir las cinco vallas de Melilla en una distopía futurista con Inteligencia Artificial incluida. Porque la frontera es, ante todo, un gran negocio.

Hay una frase muy repetida del filósofo madrileño George Santayana que dice: «Quien olvida su historia está condenado a repetirla». La masacre de Melilla forma parte de la historia de España y Europa. Quienes creemos que la información es fundamental en democracia deberíamos cuidar esta memoria. Las Apostólicas de Melilla han creado un memorial digital en honor a las víctimas. En medio de muchas dificultades, el equipo en Nador de la Asociación Marroquí de Derechos Humanos sigue jugando un papel clave para arrojar luz sobre lo sucedido aquel 24 de junio de 2022. Porque recordar también es un acto de resistencia.

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