En las últimas semanas el partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD, por sus siglas en alemán) ha logrado dos rotundas victorias electorales que podrían permitirle gobernar por primera vez un estado federal. AfD niega por igual la gravedad de los crímenes nazis, el origen humano del cambio climático y el valor de las vacunas, pero no son esos los factores que más han pesado en su victoria, sino su capacidad para convencer a un electorado temeroso y enfadado de que la presencia de extranjeros constituye una amenaza existencial para su identidad, seguridad y prosperidad. Ha pesado el miedo.
La interpretación que AfD hace de las migraciones es radical, cruel e insensata, cuando no contraria a la legislación alemana. Por lo que no se caracteriza es por su originalidad. En el mundo de 2026, el miedo se ha convertido de nuevo en un poderoso combustible de las pulsiones electorales y quienes quieren beneficiarse de él van a aprovechar cualquier oportunidad a su alcance.
Pocas han sido tan simbólicas y poderosas como la crisis de Ceuta.
Con miles de migrantes –niños y adultos– varados en la ciudad autónoma española, un esfuerzo de desestabilización geopolítica ha devenido en una crisis humanitaria y migratoria cuyas consecuencias solo empezamos a percibir. La muy cuestionable gestión del gobierno, la deslealtad de la oposición y de los socios europeos, y una cuidadosa campaña de desinformación han llevado a la sociedad a caer de lleno en una trampa concebida en los laboratorios de la franquicia antimigración: histeria colectiva y dos vueltas de tuerca en el mismo modelo de control fronterizo que nos ha traído hasta aquí. En el camino, miles de seres humanos viven al borde de sus posibilidades, la tensión entre los ceutíes se ha vuelto insoportable y solo es cuestión de tiempo que un accidente haga explotar el polvorín que hemos dejado crecer.
El impacto en la percepción pública nacional ha sido inmediato. Como reflejan muchas de las encuestas realizadas durante las últimas semanas, la inmigración se ha situado sólidamente entre las principales preocupaciones de la sociedad española. El Pulso electoral de More in Common la sitúa como problema principal, por encima del acceso a la vivienda y la corrupción (45,9% de los encuestados vs 38% y 35,1%, respectivamente). Esta organización –especializada en el fenómeno de la polarización política– destaca que “El movimiento más significativo aparece entre quienes todavía no saben a quién votarían; en este grupo, la preocupación por la inmigración ha aumentado 20,7 puntos desde julio, hasta alcanzar el 42,6%”. Cada uno de nosotros hemos experimentado este mismo desplazamiento emocional en las conversaciones con familiares, amigas o compañeros de trabajo de todas las sensibilidades ideológicas.
Hoy no es exagerado afirmar que lo que está ocurriendo en Ceuta ha empujado a la sociedad española a un lugar en el que nunca había estado y del que no podrá regresar fácilmente. La crisis se ha convertido en un regalo para los movimientos nacionalpopulistas y su discurso está ahogando en Europa y España las posiciones liberales de los moderados, a menudo a costa de los intereses de sus propias bases. Esto afecta a las políticas migratorias, pero va mucho, muchísimo más allá, como acabamos de comprobar en Alemania.
¿Qué se puede hacer? La prioridad absoluta es aliviar la tensión humanitaria y social con recursos materiales y legales que protejan tanto a la población ceutí como a la migrante. Esto incluye el traslado inmediato de parte de los recién llegados a la península, empezando por colectivos especialmente vulnerables como los cerca de 4.000 niños y niñas que allí se encuentran. La sociedad española debe saber que esta situación tiene fecha de caducidad. También es imprescindible poner freno a los abusos y a los episodios de violencia, los cometa quien los cometa: agresiones sexuales, maltrato a los migrantes para forzar su retorno “voluntario” y coerción a las organizaciones de la sociedad civil y a los profesionales de la información. Si Ceuta es parte indisociable del Estado español, también lo es de sus derechos y garantías.
Pero si realmente queremos cambiar el tono y el contenido de esta conversación, vamos a tener que enfrentarnos a preguntas complejas: ¿Qué herramientas tiene el Estado de derecho para responder a una entrada masiva e indeseada de personas como la que se produjo en Ceuta? ¿Es posible garantizar el control efectivo de nuestras fronteras sin vulnerar los derechos de quienes tratan de cruzarlas? ¿Cómo hacer compatible un modelo flexible y adaptativo de movilidad laboral con una percepción firme de control por parte de la opinión pública?
La misión institucional de porCausa es contribuir a contestar estas preguntas a través del análisis, la investigación y el fomento de conversaciones serenas e informadas. Para hacer nuestro trabajo contamos con pocos recursos y menos certezas. Pero una de ellas es que quienes hoy están alarmados son los mismos que hace solo unos meses apoyaron de forma mayoritaria la regularización de casi un millón de personas migrantes. Esa sociedad española no ha cambiado y puede volver a dar un ejemplo de sentido común al mundo entero. Contribuyamos a que esto ocurra.




