En enero de 2025, en el momento en que Trump volvía a convertirse en presidente de los Estados Unidos por segunda vez, el lingüista George Lakoff publicó un manifiesto titulado «Cómo mantener viva la democracia». En él presentaba 17 puntos sobre los que construir una resistencia a las autocracias que empiezan a estar peligrosamente de moda en todos los países de la OCDE. Uno de los puntos de resistencia es «apoya a los artistas y las artes»:
«La literatura, la música y el arte son cruciales para una sociedad sana y una democracia funcional. Financiarlos y apoyarlos de todas las formas posibles. Los artistas, músicos y escritores ayudarán a inspirar los cambios que necesitamos. ¡Compra entradas, compra arte, compra libros!»
A lo dicho por Lakoff yo añado de mi cosecha que las artes nos conectan con las bases esenciales de nuestra humanidad. Nuestro cuerpo está diseñado biológicamente para generar vínculos con otras personas. La sonrisa es una herramienta; tanto es así que tenemos una sonrisa innata que se llama la sonrisa de Duchenne, la cual no podemos forzar conscientemente. Asimismo, la ensayista Barbara Ehrenreich explica en su libro Una historia de la alegría cómo se genera el éxtasis colectivo y su función en la creación de comunidad. Bailar es sanador.
La música en directo y el baile son importantísimos en los tiempos que corren. Y así lo reconoce el creador Carlos Aires en «Bailad, bailad, malditos», una intervención artística comisariada por José Luis Romo que acoge la Nave 0 de Matadero en Madrid dentro del ciclo ‘Abierto x Obras’. El entorno elegido es sobrecogedor: una antigua cámara frigorífica reconvertida donde los muros arrastran las cicatrices de un fuego pasado y la memoria industrial del edificio. Aires aprovecha la carga histórica de esta arquitectura en ruinas para diseñar un laberinto que descoloca por completo al visitante.
Al cruzar el umbral, nos topamos con una estructura que simula un bosque metálico apuntalado en la penumbra, donde se distribuyen decenas de monitores de vídeo. Es una experiencia inmersiva que nos envuelve en una atmósfera sonora inquietante. Las pantallas entrelazan la crudeza visual de los conflictos bélicos con la vitalidad de la gente entregada a la danza. Es una invitación directa a mover el cuerpo en una pista de baile que se sostiene y resiste a pesar del derrumbe exterior.
Cuando el mundo se cae a pedazos, no hay nada más punk y revolucionario que bailar. Es una forma de protesta y de supervivencia; es lo que te permite salir de la guerra para después volver a ella. Es una inspiración que te permite relativizar y recuperar el amor por la vida, por lo mundano y por lo esencial. Y ahí, precisamente, es donde quiero situar mi recomendación de este mes: somos más cuando bailamos juntos, así que id a comprobarlo con vuestro propio cuerpo.
Id a vivir esta exposición increíble, que es gratuita, y se puede visitar de martes a domingo hasta el 24 de enero . Y, como dice Lakoff, comprad entradas, comprad arte y comprad libros. Id a conciertos. Y abrazad mucho. Somos más.




