Trabajo intenso, de sol a sol, en pleno verano. Hemos venido a reforzar a los equipos sanitarios y lo primero que nos llega es lo que se puede lograr cuando remamos en la misma dirección.
La primera tarde hicimos un recorrido por todos los asentamientos. Fue sobrecogedor. Loma Margarita, con un millar de personas subsaharianas concentradas al aire libre, durmiendo en literas militares y jugando al fútbol para pasar el rato; el Tarajal, un polígono atestado de gente en tiendas de campaña, donde tuvimos que avisar al 061 por una chica de 17 años de parto; un centro de menores instalado en una nave con tiendas de campaña dentro; y otro, de chicas, con simples plásticos a modo de carpa, montado de forma espontánea por los propios vecinos del barrio para protegerlas de la violencia sexual. A este centro llega comida caliente para las menores, que son la mitad de las que están.
Hambrientos y sedientos, terminamos la primera jornada. Todavía atendimos un último caso: un menor migrante no acompañado de 14 años, huérfano, al que los manifestantes acababan de dar una paliza. Un grupo de vecinos se unieron y le hablaban en árabe. Una señora se apartó un poco del corrillo para llorar.
Otra tarde caminamos por las murallas, un ratito de calma sin sirenas ni campamentos, hasta que nos vimos envueltos en una manifestación de ceutíes muy indignados. Al vernos, empezaron a gritarnos e insultarnos. La responsable que nos acompañaba no sabía dónde meterse.
Lo que está pasando aquí es difícil de transmitir. La mayor epidemia, en realidad, es la ansiedad y los ataques de pánico. La gente se siente sobrepasada y vulnerable. Hace unos días un migrante se coló en la cama de una señora mayor, en un quinto piso de un barrio residencial. ¿Puede alguien sentirse seguro en su propia casa? Ayer una vecina me decía que cree que «un día se tendrá que ir con lo puesto». El miedo a una segunda oleada, esta vez numéricamente superior a la población local, está muy presente.
Los antiguos pobladores no quieren salir a la calle. Los niños han pasado el mes de agosto encerrados en casa, como gatos enjaulados, y en unos días empieza el colegio: el temor crece. Se manifiestan sobre todo los ceutíes cristianos; los musulmanes tienen el corazón partido entre su casa y su gente.
De vuelta a casa, con las imágenes de Ceuta todavía en la memoria: los chalecos sanitarios y las voluntarias de distintas organizaciones —de la ciudad, de las comunidades, de otros países— atendiendo en los distintos dispositivos. El Trampolín, una playa colonizada por tiendas de campaña y refugios de cañas y plástico, donde una monja y una voluntaria musulmana de Cruz Roja se inclinaban por igual curando heridas. Un poco más allá, el reparto de comida: dos filas perfectamente ordenadas, en silencio, todos hombres jóvenes, morenos, delgados. Algunos ayudan a las voluntarias a sacar la comida de las cajas. Se van con cartones bajo el brazo para dormir y resguardarse del sol, y una bolsa con pan, leche, zumo, una lata de atún y fruta. Los ojos brillantes, una sonrisa y la misma frase repetida «gracias, gracias, España».





