Acabar con la democracia empezando por la migración: de Ceuta a Madrid pasando por Asturias
Ocho personas golpeándoles mientras gritaban «maricones de mierda», «rojos de mierda» y «arriba España». Uno de ellos acabó inconsciente en el suelo, y aun así cuatro de los agresores siguieron dándole patadas y puñetazos en la cabeza. Todo quedó grabado en vídeo.
Rubén y Jorge, de AMA Asturies, no ven lo que les pasó como un hecho aislado. «Lo que nos pasa a nosotros es un poco lo mismo que le pasa a la gente en Ceuta», explican. Mientras las televisiones emitían imágenes de violencia y discursos de odio contra personas migrantes en Ceuta, en Asturias aumentaban las agresiones contra migrantes, contra personas LGTBI y contra cualquiera que se saliera del molde.
Según cuentan, pocos días antes un dirigente local de Vox había escrito en redes que había que «salir a cazar». «Y esto es cazar: salir a la calle a pegar palizas a la gente migrante, pero también a la gente del colectivo LGTB y a cualquiera que no piense como tú».
De los discursos a los golpes
Para ellos, la agresión forma parte de un ciclo de normalización de la violencia política de la extrema derecha. Primero llegan los discursos que señalan a un grupo y después la violencia física en la calle, cada vez con menos disimulo.
La médica que le atendió en urgencias esa misma noche se lo confirmó: en las últimas semanas estaban viendo cada vez más casos de violencia de la extrema derecha, sobre todo contra personas migrantes y LGTBI, pero contra todo tipo de personas. Ya formaba parte de su trabajo diario.
El silencio de las demás víctimas
Cuando hicieron pública la agresión, empezó a acercarse gente con historias parecidas que nunca había contado. «Han entrado en mi bar, me han llamado maricón de mierda, me han roto la cara, me han roto una pierna. No me atrevo a hacerlo público».
Su propia experiencia explica ese miedo. Después de la agresión llegaron cientos de mensajes en redes: «sabemos quiénes sois», «la siguiente va a ser mucho peor», «vais a tener que mirar a vuestras espaldas», «sois unas cucarachas». A eso se sumó que, según denuncian, los hechos se pusieron en duda. «Con un vídeo donde se ve claramente la agresión, incluso así la niegan. Imagínate si no tienes esa prueba».
Quien se atreve a denunciar se expone al acoso. Por eso muchas agresiones ni siquiera llegan a conocerse, y casi siempre las víctimas que más callan son las más vulnerables, empezando por las personas migrantes.
Una mayoría que no se reconoce en el odio
La respuesta en Oviedo fue la otra cara de la historia. Mucha gente salió a la calle a defender a Rubén, a Jorge y a AMA Asturies, igual que ya lo había hecho para defender a Maricarmen frente a los fondos buitre. Para ellos, es la prueba de que existe una amplia mayoría a la que estas imágenes le producen rechazo.
La extrema derecha, explican, busca crear una falsa mayoría: hacer tanto ruido en redes que parezca que todo el mundo piensa como ella. Pero cuando hablaron con la gente encontraron otra cosa, incluso entre votantes de la derecha. Se les acercaron personas que habían votado al Partido Popular para decirles algo así: yo quiero seguridad en mi ciudad, y esto no es seguridad, porque seguridad no es que haya gente pegando a los más vulnerables.
Su conclusión apunta a un consenso más amplio de lo que parece: «Si nos tratamos todos bien como seres humanos, vivimos en lugares mucho más agradables, más seguros, con más orden y donde somos más libres».
Defender a las personas migrantes del odio no es solo una cuestión de solidaridad. Es defender una convivencia y una democracia que nos protege a todas, porque cuando la violencia se extiende, nadie está a salvo.




