Marta Sánchez-Briñas
Abogada
Centro Pueblos Unidos-Entreculturas
Esta es la historia de un joven que llegó solo de niño a España y fue tutelado, como marca la ley, por las autoridades. Es la historia de muchos jóvenes que al alcanzar la mayoría de edad y abandonar el sistema de protección de menores, intentan abrirse paso en nuestra sociedad y construir un futuro independiente con su trabajo. Les acompaña la desconfianza, cuando no rechazo, de parte de la sociedad hacia los llamados MENA. Esta historia nos acerca a la realidad que viven y vivimos las entidades que nos cruzamos con ellos.
M. es un joven procedente de Marruecos, que llegó solo a España siendo menor. Vivió unos meses en la calle en Ceuta, intentando cruzar a la península, y, finalmente, logró esconderse en los bajos de un camión y llegó a Algeciras. De allí viajó a Madrid e ingresó en el sistema de protección de menores, primero en el centro de primera acogida de Hortaleza y después fue derivado a Casa de Campo, donde permaneció alrededor de ocho meses. Para documentarle, se le tramitó la cédula de inscripción, pero no la autorización de residencia prevista en la ley. Un “detalle administrativo” que marcaría su vida.
Al cumplir 18 años salió del centro sin que le ofreciesen algún programa de transición a la vida adulta. Cualquier joven de esa edad, más aún alguien que ha migrado solo, necesita un acompañamiento para poder construir un proyecto de vida independiente. Sin acompañamiento, sin red familiar, sin alternativa habitacional y sin documentación que le permitiera trabajar, su mayoría de edad no significó autonomía, sino abandono. Quedó en la calle. M. solicitó la autorización de residencia y trabajo como joven extutelado y empezó a trabajar como peluquero, aunque sin la autorización, no podía acceder al mercado laboral formal. Cuando por fin la obtuvo, acudió a comisaría para realizar el trámite de huellas y emisión de la tarjeta de residencia, pero no se lo permitieron porque su cédula de inscripción había caducado.
Comenzó un nuevo peregrinaje burocrático. Inició los trámites en el consulado para obtener su pasaporte y se trasladó a Bilbao, donde trabajó en la construcción, en empleos de pladur, sin papeles. Su vida se fue volviendo más precaria, encadenando trabajos informales y durmiendo donde podía. En cuanto obtuvo su pasaporte, regresó a Madrid para completar el trámite de huellas y obtener, por fin, la tarjeta de residencia. “Ese trozo de plástico”, como él dice, que permite poder firmar un contrato. Pero en comisaría le informaron de que había sido dado de baja en el padrón municipal y que no podía continuar el trámite.
Sin domicilio estable, pagó para conseguir un empadronamiento. Cuando lo logró, volvió otra vez a comisaría para obtener la dichosa tarjeta, pero le comunicaron que quedaban menos de seis meses de vigencia de la autorización de residencia y que ya no podía realizar el trámite de poner las huellas y darle la tarjeta. Cada paso adelante venía acompañado de otro obstáculo.
Muy desanimado, cansado y sin horizonte, decidió marcharse de España. Recorrió varios países de la Unión Europea, sobreviviendo en la calle. Pero sin apoyos, sin estabilidad y sin expectativas, comenzó a consumir. Regresó a España e intentó renovar su permiso de residencia, pero esta vez le fue denegado debido a antecedentes derivados, precisamente, de esa etapa de exclusión. Llegó a vivir debajo de un puente. Un día, mientras dormía, se cayó y se rompió un brazo.
En ese momento acudió a Pueblos Unidos, buscando ayuda. “Ya no me quedan fuerzas”, decía. Cuando conocimos su historia, decidimos iniciar con él un acompañamiento individualizado. Veíamos a una persona joven que había sobrevivido a la calle, a la desprotección y a la indiferencia institucional. M. ha demostrado un comportamiento ejemplar, se deja acompañar, cumple los compromisos acordados y hoy participa como voluntario en Pueblos Unidos, colaborando en la acogida de otras personas migrantes. Conseguimos renovar su permiso de residencia.
La historia de M. ilustra la importancia de la documentación. “Los papeles” significan acceso a derechos, a trabajo, a vivienda, a dignidad. Sin ellos, una persona queda atrapada en un limbo que la empuja a la economía sumergida, a la exclusión y, en demasiadas ocasiones, a la marginalidad.
Su historia también ilustra la importancia del acompañamiento. Nadie debería enfrentarse solo a un sistema administrativo complejo, especialmente los jóvenes que han crecido en un país que no es el suyo, sin familia y sin red. El acompañamiento al alcanzar la mayoría de edad ofrece estabilidad, referentes, escucha, confianza y orientación jurídica. Transmite al joven que su vida, importa. M. tiene derecho a equivocarse, como cualquier joven de su edad. También tiene derecho a segundas oportunidades. Hemos comprobado que, cuando existe un apoyo constante y comprometido, es posible reconstruir trayectorias y devolver la dignidad que toda persona merece y necesita.
Hoy, M. se ha ganado el respeto y el cariño, del equipo y de otros jóvenes como él. Pero su historia nos interpela como sociedad. Facilitar la documentación no es un privilegio, es garantizar derechos y acompañar a las personas vulnerables no es asistencialismo, es justicia.


