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Conocí a Soledad Gallego-Díaz en México hace 23 años, cuando ella cubría para El País una cumbre de la Organización Mundial del Comercio en la que yo participaba como miembro de Oxfam. La reunión fue el escenario de una batalla épica entre los lobbies agrarios de los países más ricos y una coalición improbable de potencias emergentes, economías africanas y organizaciones sociales de medio mundo, pugnando por su propia interpretación de las reglas de la globalización. Baste decir que los primeros no ganaron, y eso desembocó en una pataleta y un bloqueo de las negociaciones que dura hasta el día de hoy. 

Sol contó aquella batalla con el oficio que le hizo famosa. Sus crónicas informaban de manera rigurosa, pedagógica e independiente, a pesar de las constantes –y no siempre sutiles– presiones de algunos negociadores. Pero lo que más me llamó la atención de su trabajo fue la sensibilidad y la finura con la que analizó un asunto de profundo calado humano. Sin perder la objetividad, fue capaz de comprender y trasladar a sus lectores la aberración de un sistema de reglas concebido y aplicado en beneficio de unos pocos. El algodón de cuatro pequeños países africanos como metáfora de una encrucijada global.

Lo que yo valoré entonces, y sigo valorando ahora, es el papel que la compasión puede jugar en el buen periodismo. El diccionario de la RAE describe este término como un ejercicio de ternura y de identificación con los males de alguien, y creo que eso es exactamente lo que tanto admiraba en Sol. No se trata de un sentimentalismo barato y de una narración edulcorada de la realidad: quien haya leído sus textos sabe bien lo lejos que estaba de ese estilo. Se trata de tomar partido ante la injusticia y exigir cuentas a quien debe darlas. Caiga quien caiga, mirando a las víctimas a los ojos.

Quisiera decir que en estas dos décadas me convertí en amigo de Sol, pero no tuve esa suerte. Lo que sí hice fue entablar con ella una fructífera y recurrente colaboración profesional que me permitió conocer su trabajo mucho más de cerca. Tuve ocasión de comprobar su compromiso tenaz con causas que también eran las mías, como la de la pobreza infantil que devasta todavía a nuestro país o la amenaza creciente del nacionalpopulismo y la antimigración. En estos y otros asuntos –como el de los abusos sexuales en la Iglesia, que impulsó en su etapa de directora de El País–, su mirada fue siempre lúcida, bien informada y profundamente compasiva. Una de esas voces serenas que merece ser escuchada, estés o no de acuerdo con sus planteamientos.

Me gusta pensar que porCausa forma parte del legado de Sol. Su incorporación a nuestro patronato –donde estuvo cinco años y desplegó una enorme generosidad– fue una de nuestras grandes alegrías y un motivo constante de inspiración. Hoy nuestro país y su democracia se empobrecen por la ausencia de esta informadora irremplazable. porCausa, a cambio, abre oficina en el cielo.

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